domingo, 5 de abril de 2026

La primavera la sangre altera, y el polen agita

 Hoy domingo de resurrección, mientras el mundo se perfuma para salir de procesiones, comidas y reuniones de amigos y familiares yo me quedo en mi entorno seguro, respiro aire sin químicos y sin polen, sin aromas.


Mi propio aire

El olor es mi dolor, todo me hiere

el perfume que tu llevas me marea,

con el desodorante que usas, yo no puedo,

perder mi cabeza es un suplicio.


En la calle los coches me sofocan

y las lagrimas ya me salen solas, siempre,

porque con los olores buenos yo me muero

pero con los olores fuertes me desmayo.


Desde niña soy la rara,

la delicada que se tapa la nariz por la basura,

la que le baja la tensión con el azafrán tostado,

la que en el trabajo se mareaba planchando

por el vapor del tejido que olía a petróleo.


La que estudia de mayor y se prepara

para trabajar con ilusión cuidando niños,

y que cuando esa ilusión se cumple a pesar de no tener esperanza

se ahoga con la colonia de bebes

y vomita mientras retira sus cacas.

 

En ascensores con aerosoles, con el cloro de la piscina,

con los champús donde una ducha es una batalla,

parece que nada puedo disfrutar del todo,

la siembra verde, la siembra seca, las gramíneas,

la medicina, la alergia al níquel...


Y me ahogo, y vomito

y me vuelvo loca y grito,

grito por incomprensión

estoy harta de tanto aroma nuevo.


Las azaleas me torturan con su aire,

el estiércol me hace vomitar,

voy a un parque y han cortado el césped

y el olor a lo verde me atormenta.


Mi sistema no distingue ya de nada,

si son químicos o naturaleza,

voy al bosque y en vez  de disfrutar me ahogo,

voy al valle y los cerezos en flor están bellos,

pero con su polen me matan.


Me entusiasmo y visito los acantilados,

allí las vacas están sueltas soltando su amoniaco.

La migraña ya destroza mi cabeza,

ya no puedo ni pensar en lo que pienso,

las palabras no aparecen en mi mente,

¿dónde están?, ¿dónde se fueron?


Gas, petróleo, gasolina y miedo,

herbicidas, pesticidas, insecticidas, inciensos,

suavizantes excitantes de mi sistema central,

vivo tensa esperando un nuevo aroma que me ahogue.


El cloro me satura, la lejía me cierra la garganta,

el amoniaco estruja mis pulmones

solo por una bayeta mal lavada

a punto de perder el conocimiento.


Ambientadores en armarios escondidos,

que sin olerlos la migraña me dispara,

que me hacen ser un detective,

buscando el sistema que me falla.


Y la humedad, el olor a moho,

y la basura de la esquina,

y las sábanas de mis vecinas

que el viento mueve en el tendedero.


Y el antipolillas que nadie detectó durante años,

que estaba en aquel apartamento

que me hacia dormir en la terraza

porque decían que no había nada intenso.

Pero era un olor que yo si olía,

incluso salía por debajo de la puerta.


La casita en la naturaleza,

llena de aerosol en las cortinas,

ni en la naturaleza respiro.

Los químicos saturan el planeta

y yo me ahogo con él cuando respiro.


Yo respiro dentro de mi camiseta,

ese aire me protege de lo de fuera, 

cuando siento que me ahogo y me atormenta

yo solo respiro mi propio aire.

 

                                                                                                     Viki G.U.M